El Banco de Inglaterra imprimirá 150.000 millones de libras

La máquina de hacer billetes ya trabaja a tres turnos.

El Banco de Inglaterra cuenta ya con el permiso del Gobierno británico para imprimir el equivalente a 167.000 millones de euros). Se espera que la emisión recorte los tipos de interés hasta el 0,5%.

El Ministro de Economía británico, Alistair Darling, asegura en una entrevista concedida al diario “The Daily Telegraph” que ya ha dado la autorización al organismo para la emisión de dinero y que ahora es éste el que debe decidir cuándo es el momento apropiado para hacerlo.

El Banco de Inglaterra pidió permiso el pasado febrero para llevar a cabo esta medida con el objetivo de incrementar la circulación de efectivo y alentar la recuperación de la economía, toda vez que las sucesivas bajadas del precio del dinero hasta mínimos históricos no han tenido el efecto esperado en la práctica.

De producirse finalmente, se trata de una actuación nunca vista en el Reino Unido desde los años 70.

Bajo el eufemismo de “alivio cuantitativo”, la impresión de dinero iría destinada a comprar bonos del Estado y activos del sector privado, para incrementar la liquidez en los mercados e impulsar la concesión de créditos.

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México declara la guerra arancelaria a Estados Unidos

El Gobierno de Felipe Calderón decide aumentar el cobro a 90 productos agrícolas e industriales.

La difícil relación de México con Estados Unidos tiene un nuevo frente comercial. El Gobierno mexicano ha decidido aumentar el cobro de aranceles a 90 productos agrícolas e industriales importados de su vecino del norte. Se trata de una represalia contra Estados Unidos por violar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) al cancelar el programa piloto de Transporte Transfronterizo de Carga. Es decir, porque cerraron el paso de su frontera a los camiones mexicanos de carga, una decisión que no sólo ha ocasionado pérdidas económicas, también ha generado un rechazo social.

El secretario mexicano de Economía, Gerardo Ruiz Mateos, explicó que el castigo a las exportaciones se aplica desde el pasado martes, una vez que Estados Unidos no aceptara revisar el cierre del camino a los transportes mexicanos. “Nos vemos obligados a adoptar medidas de represalia conforme al Tratado”. Los aranceles se aplican a 90 productos industriales y agrícolas de 40 Estados del gigante norteamericano. El valor de esas compras en 2007 fue de 2.400 millones de dólares.

En una clara crítica a la posición que ha adoptado Washington, el ministro comentó que “en estos momentos de crisis económica, cuando debemos evitar a toda costa el proteccionismo, la decisión de Estados Unidos va en sentido contrario y manda una señal negativa a México y al resto del mundo”. No obstante, Ruiz Mateos espera que todo regrese al buen camino, dada la importancia que tiene la relación comercial bilateral, con un valor de unos 367.000 millones de dólares en 2008.

A cuentagotas

La medida mexicana llamó la atención de la Casa Blanca, hasta el punto de que el secretario de prensa presidencial, Robert Gibbs, dijo que la Administración de Barack Obama busca acciones que permitan la reapertura de la frontera a los camioneros, ante la lo que calificó como “medidas de represión” cargadas a exportaciones estadounidenses. “Esto es en respuesta al fin del programa piloto transfronterizo que permitió a un pequeño número de camiones mexicanos entrar a Estados Unidos más allá de la zona comercial fronteriza [30 millas] y proveer acceso recíproco a compañías de Estados Unidos”.

En México se cree que la explicación estadounidense para cerrar el paso a los camioneros carece de sustento. Las autoridades sostienen que se han dado unos 46.000 cruces sin que se registraran incidentes de importancia.

La historia de este choque comenzó el 11 de marzo, cuando el Congreso estadounidense no concedió dinero a un programa de apertura de fronteras para los transportes de carga mexicanos. De esta forma, se canceló el plan que, originalmente, de acuerdo con lo contemplado en el TLCAN tenía que haber comenzado a fluir en enero de 2000. Las dudas estadounidenses respecto a la seguridad que brindan los camioneros mexicanos retrasaron la entrada en vigor del convenio hasta 2007, cuando empezó a cuentagotas y pendiente de un hilo político y financiero.

Para Ruiz Mateos, la “acción de Estados Unidos es equivocada, proteccionista y claramente viola el Tratado. Por decidir proteger a sus transportistas han decidido afectar la competencia y la competitividad de nuestros países y de la región, impactando a muchos otros sectores productivos”. El secretario mexicano aseguró que en breve publicará la lista de productos sancionados, pero adelantó que se trata de artículos que no afectan a las cadenas productivas mexicanas, por lo que no afectarán a los precios finales ni a la cesta básica de los mexicanos.

El Gobierno chino bloquea la compra de la mayor marca de zumos por Coca Cola

Una nueva ley antimonopolio deja en el aire una operación de 1.840 millones y diluye el interés de las multinacionales por adquirir empresas del país.

El ministerio de Comercio de China ha determinado hoy que Coca Cola no podrá adquirir la firma nacional de zumos Huiyuan, la más grande del país en el sector, ya que observa tendencias monopolistas en la operación. El cierre en falso de la adquisición, que aspiraba a ser una de las mayores en la historia del país, supone al mismo tiempo un jarro de agua fría sobre el posible interés de otras multinacionales para hacerse con marcas locales ante el celo de las autoridades frente el desembarco de compañías extranjeras.

Según ha informado el ministerio en su web oficial, la transacción, que podría haber sido una de las mayores adquisiciones de firmas chinas en la historia, “podría producir efectos negativos en la competencia del mercado”.

La multinacional estadounidense anunció en otoño de 2008 su oferta de comprar a la competidora china, que domina el 42% del mercado de zumos, por 2.400 millones de dólares, pero China aplicó la Ley Antimonopolio para frenar la adquisición y analizar su conveniencia o no desde entonces. Además, según fuentes conocedoras de la operación citadas por Financial Times, aunque el Gobierno tiene de plazo hasta el viernes para confirmar su decisión o intentar llegar a un acuerdo con la multinacional, el ministro de Comercio es totalmente contrario a que se cierre la compra.

De este lado, el Gobierno creó esta ley Antimonopolio hace un año para dejar fuera del alcance de empresas foráneas sectores que China considera estratégicos como defensa, petróleo o siderugia pero que, a la luz de los acontecimientos, también se está revelando como útil para garantizar el blindaje y la nacionalidad de mercados tan aparentemente inocuos como el de la alimentación.

Según el comunicado del ministerio, Coca Cola, que pretendía consolidar su presencia en el tercer mercado mundial de bebidas por detrás de EE UU y México, “hubiera podido aprovechar su prestigiosa posición en el sector de bebidas gaseosas para vender otros jugos no carbonatados y obligar a los consumidores a comprar a precio alto con menos variedad”. Además, considera que la adquisición “hubiera estrechado el espacio de las empresas PYMES nacionales, afectando a la estructura de la competencia en el mercado de bebidas de zumo en China”.

El sistema de divisas está “quebrando”

El premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, ha dicho hoy que el mundo necesita desarrollar un sistema de reservas monetarias y un sistema financiero que se base menos en el dólar y más en los ingresos que llegan de los países en vías de desarrollo. “El actual sistema está quebrando (…) sustituirlo por una mezcla de dólar y euro tampoco va a solucionar el problema”, ha dicho Stiglitz durante un encuentro con periodistas este miércoles en Berlín.

Stiglitz, que preside un grupo creado por la ONU para estudiar cómo salir de la crisis y evitar otras en el futuro, ha asegurado después desde Ginebra que “hay una gran necesidad de fondos adicionales para los países en desarrollo para que respondan adecuadamente (a la crisis). Es cuestión de justicia social, pero también es del interés de los países industrializdos”.

“No habrá recuperación de la economía global si una parte importante del sistema internacional no anda bien (…) los países en desarrollo pueden resultar aún más afectados que los ricos”, ha declarado tras mencionar que este extremo se está confirmando con datos como el retroceso de las exportaciones chinas o la caída del 3,6 por ciento del PIB brasileño en el cuatro trimestre de 2008.

Descrédito del FMI

Stiglitz ha explicado que la financiación para los países de menores ingresos debe ser distinta a los créditos que otorgaban los organismos financieros multilaterales bajo condiciones estrictas vinculadas generalmente a la liberalización de sus economías. En ese sentido, dijo que los países deberían tener mayor espacio para aplicar políticas económicas dirigidas a contrarrestar la crisis, que antes eran restringidas por esas instituciones.

El profesor de Harvard también ha mencionado que, a causa de esa visión, el Fondo Monetario Internacional (FMI) perdió “legitimidad y capacidad de ser efectivo”. Además, el Premio Nobel recordó que el FMI “no pronosticó los problemas que se venían y empujó a la desregulación”, que facilitó que la crisis que se originó en Estados Unidos se extendiera al resto del mundo.

¿Se pueden hacer negocios en España?

El World Economic Forum acaba de publicar el Informe de Competitividad Global 2008-2009.

Podeis encontralo completo en la dirección http://www.weforum.org/documents/GCR0809/index.html

Una de las encuestas mas interesantes determina los factores que dificultan en mayor medida la realización de negocios en los diferentes paises. Para España, las mayores barreras las constituyen los siguientes factores: 

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El informe desarrolla además el indice de competitividad de todos los paises, centrándose en 12 familias de indicadores, indicando los puntos que constituyen ventajas o desventajas competitivas.

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Todos contra China.

Presiones coordinadas

Las críticas a China van más allá del tema cambiario y se suma ahora una recomendación más ambiciosa: que cambie su estrategia económica. En Febrero del 2006 Rodrigo de Rato afirmó que “la mejor contribución que China podría hacer para arreglar los desequilibrios mundiales es aumentar su consumo reduciendo el ahorro preventivo”. “En China, más demanda doméstica implica más consumo, no mas inversión”, opina también Raghuram Rajan, Consejero Económico del FMI. Luego se sumó el Subsecretario del Tesoro, Timothy Adams, quien el 29 de Marzo ante el Senado declaró que “China debería cambiar su estrategia de crecimiento liderada por la inversión y las exportaciones, a otra basada en un mayor consumo”. Ahora hasta Stiglitz coincide con las recomendaciones del FMI y el Tesoro: “China tiene un problema poco común: un nivel de ahorro excesivo”, afirma en un artículo publicado en Clarín el 16 de Abril.

El diagnóstico es que los chinos ahorran excesivamente porque no tienen un sistema de seguridad social que los proteja de la enfermedad y la vejez y porque tienen un acceso limitado a los seguros y al crédito bancario. Para esta visión existe una falla institucional que se corrige desarrollando en China el Estado Benefactor (gastando más en Educación, Salud y Previsión Social), privatizando la banca estatal y desarrollando el mercado de capitales. La idea es que si los chinos no tuvieran que prever por su salud y su vejez y tuvieran un fácil acceso al crédito, se preocuparían menos por sus contingencias futuras y consumirían más. La apreciación del Renmimbí sería un instrumento más de la nueva estrategia que al modificar los precios relativos, facilitaría el cambio hacia una economía con más consumo y menos inversiones y exportaciones.

La explicación keynesiana

Pero, ¿cómo es posible considerar como problema ahorrar mucho, cuando ello permite invertir y crecer mucho y sacar de la pobreza a cientos de millones de personas?. ¿No es un contrasentido hablar de estrategia de crecimiento basada en un mayor consumo?. ¿Cómo se explican estas recomendaciones keynesianas a China?. Una primera explicación es que en las relaciones económicas internacionales sigue prevaleciendo la misma lógica del viejo keynesianismo fundador del FMI, que consideraba que el consumo era reactivante y el ahorro recesivo.

Producida la crisis de 1930, la devaluación fue la respuesta natural de los países que veían caer sus exportaciones, tenían que evitar la quiebra generalizada de la actividad económica y ajustar el consumo a las disminuidas posibilidades externas. Pero los países que devaluaron fueron acusados de “exportar recesión” con el argumento que, con una demanda mundial escasa, le robaban mercados y exportaban recesión a los países centrales.

A partir de esta experiencia histórica, el objetivo de la creación del FMI en 1944 fue evitar que en tiempos de crisis se reiteraran las devaluaciones competitivas que perjudicaban a los demás países. Una función central que se le asignó al FMI fue otorgar préstamos a los países en dificultades financieras transitorias para evitar que recurrieran a devaluaciones y medidas proteccionistas que aumentaran su producción y bajaran su consumo (en definitiva, que aumentaran su ahorro).

El paralelismo con China hoy es inmediato. China es acusada de manipular un tipo de cambio ultra competitivo para exportar agresivamente y acumular enormes reservas. Pero ya no puede ser acusada de exportar recesión, pues es evidente que la lógica keynesiana está obsoleta. Tuvo cierta validez en el mundo posterior a la crisis de 1930, cuando los mercados financieros centrales estaban paralizados por sus corridas bancarias y donde consecuentemente ahorrar significaba atesorar billetes que no retornaban demanda al circuito económico. Se trataba del mismo impacto recesivo que experimentamos en nuestro país cuando la gente corría con sus dólares al colchón.

Pero en las actuales circunstancias, los países superavitarios como China vuelcan sus ahorros al mercado financiero mundial, permiten aumentar el crédito y bajan las tasas de interés en todo el mundo. En circunstancias normales, más ahorro significa más inversión y más crecimiento global. La lógica keynesiana es la antítesis del sentido común y de cómo funcionan las economías en circunstancias normales. La economía mundial se encuentra en un período excepcional de crecimiento gracias a los países que ahorran mucho, no gracias a los que consumen mucho.

La explicación proteccionista

Una segunda explicación para las recomendaciones keynesianas a China es que calmarían las resistencias proteccionistas dentro de las economías desarrolladas. Desde el año pasado existe un proyecto de ley en el Congreso americano para establecer un arancel uniforme del 27.5% a todas las importaciones chinas si China no revalúa significativamente su moneda. El hecho es que las industrias más afectadas por el aluvión chino tienen poder de lobby y están detrás de esta medida.

Las resistencias proteccionistas son una realidad, pero de ninguna manera se justifican. Son muchos los sectores que también se benefician pudiendo exportarle a China e invirtiendo en ese país. Los ahorros chinos contribuyen por otro lado a bajar la tasa de interés y mantener el auge mundial de la construcción. China es una locomotora que contribuye a un crecimiento económico mundial con muy pocos antecedentes históricos.

También es cierto que una medida unilateral contra las importaciones chinas estaría en contra de las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Por eso prefieren que China revalúe abruptamente su moneda, como se logró que Japón hiciera en 1986.

La explicación geopolítica

La tercera explicación de las recomendaciones keynesianas son los temores geopolíticos que genera el espectacular crecimiento chino. El temor de los halcones de la política americana es que Occidente le está dando a China la oportunidad de desarrollar una economía privada eficiente que consolidará un poder político autoritario. Si, como prueba la historia, los regimenes autoritarios son más propensos a las ambiciones imperiales y a las reivindicaciones históricas usando el poder militar, el crecimiento chino sería un dolor de cabeza potencial para la estabilidad de Asia y la “pax americana” en esa zona.

Es notorio que el acelerado crecimiento chino está fortaleciendo al régimen político autoritario. El éxito económico de por sí valida políticamente al régimen pero además, lo provee de enormes recursos. El crecimiento económico ha permitido un crecimiento espectacular de la recaudación impositiva, que ha pasado en sólo seis años del 12% al 20% del PBI. Por otro lado la excepcional tasa de ahorro china (¡que ya llega al 50% del PBI!) produce un enorme crecimiento en los depósitos de la banca estatal, que puede así sostener con crédito barato al sistema de empresas públicas. El viejo sistema estatal se sigue fortaleciendo con el crecimiento privado.

¿Qué hacer entonces?. La política exterior americana está jugada a la idea opuesta, que el progreso económico desatará presiones crecientes para la democratización política. El objetivo es llevar a China hacia el crecimiento económico con democracia, como se hizo con otros países asiáticos. Pero al proceso se lo percibe hoy como desequilibrado, con demasiado progreso económico y muy poco progreso político. La tarea de lograr que China crezca y se democratice simultáneamente es difícil, pues no se trata de un país fácilmente influenciable como fueron, ocupados tras la guerra, Japón y Corea. China es un país con un fuerte nacionalismo, que sospecha de la ingerencia externa.

De todas maneras se intenta convencer a China para que adopte reformas económicas que puedan acelerar la democratización política. Las presiones para la privatización y extranjerización de la banca apuntan a cortarle el abastecimiento financiero al viejo sistema planificado de empresas públicas y a fortalecer la inversión y el consumo privado. Detrás de la idea de desarrollar el Estado de Bienestar y aumentar el consumo, está la intención de acelerar el interés ciudadano por la participación política y la democratización del régimen.

Propósitos coincidentes

Es evidente entonces que la recomendación de cambiar la estrategia económica atiende simultáneamente a varias inquietudes occidentales. Si China consume más y ahorra menos, disminuirán los desequilibrios globales que preocupan al FMI. La apreciación del tipo real de cambio disminuirá el crecimiento exportador y calmará las reacciones proteccionistas. Quizás China se democratizaría más rápido, calmando las ansiedades geopolíticas de los halcones.

Pero también es evidente que si China adoptara la receta keynesiana, abortaría su alto crecimiento, como ocurrió con Europa primero y con Japón después de la apreciación del Yen en 1986. Esto serviría a los intereses americanos, si estos coincidieran con tener aliados que crezcan, pero no tanto como para desafiar su liderazgo. La recomendación keynesiana no es buena ni para el crecimiento chino ni para el crecimiento de la economía mundial.

La reacción China

En su reciente visita a USA, el Presidente Hu defendió el alto crecimiento chino en función de la necesidad de incorporar al mercado a otros cientos de millones que viven en la pobreza. Reiteró además la vocación pacifista de la política exterior China y especuló que los crecientes lazos comerciales con otros países no harán sino consolidar las perspectivas de paz. Por otro lado insinuó que China avanzará muy gradualmente en la revaluación del Renmimbí y en los aumentos del consumo. Los chinos se toman su tiempo y experimentan de a poco, más aún cuando las cosas están funcionando.

Las perspectivas inmediatas son entonces que el crecimiento y los superávit chinos continuarán beneficiando a la economía mundial. Mientras tanto Occidente debe tomar conciencia que los actuales desequilibrios son beneficiosos para el crecimiento mundial y que si por reacciones proteccionistas se hicieran insostenibles, son los países desarrollados los que tienen que bajar su consumo. Una solución a los desequilibrios que sea compatible con el crecimiento mundial no pasa por “esclerotizar” a China con recetas keynesianas sino por eliminar el déficit fiscal en USA y desarmar el Estado Benefactor en Europa.

Las recomendaciones económicas a China deben limitarse a aquellas reformas que aceleren el desmantelamiento de la economía planificada, en particular la banca estatal y las empresas públicas, a liberar completamente las importaciones, a permitirle a los individuos y a las empresas chinas a invertir libremente en el exterior y a prestar más atención a los problemas de contaminación del medio ambiente. Un sector privado pujante y con crecientes vínculos internacionales será el mejor freno para cualquier desborde totalitario.

Llamémoslo simplemente “N”

Fuente: Ariadna Trillas. Publicado en el país.

Los gobiernos nacionalizan bancos, pero la palabra es tabú – Este intervencionismo desata el miedo atávico a los totalitarismos

Hay palabras que significan cosas. Y luego existen las palabras con aura, que significan cosas y, además, sugieren otras. Las meras palabras se emplean y no ocurre nada. En cuanto a las otras, las del aura, a menudo sale caro mentarlas. El verbo “nacionalizar”, por ejemplo. El diccionario de la Real Academia Española lo define así: “Hacer que pasen a depender del Gobierno de la nación propiedades industriales o servicios explotados por los particulares”. Pero políticos con mando en plaza han recurrido a la palabra en las últimas semanas y, acto seguido, han visto cómo se hundían Wall Street y las contagiosas bolsas mundiales.

En el subconsciente de las principales economías occidentales, y especialmente en mecas del capitalismo como Estados Unidos y Reino Unido, hablar de “nacionalizar bancos” es recuperar algunos ecos de la ya enterrada Guerra Fría y de modelos políticos no democráticos como el comunismo o el fascismo. Y esa aura de la palabra explica el esmero de la nueva Administración Obama en evitar el término, que algunos comentaristas de la prensa económica internacional denominan ya con ironía la “palabra n”.

“Es mejor no usar la palabra para evitar debates ideológicos: nacionalizar bancos suena a comunismo“, resume Charles Wyplosz, economista del Graduate Institute of International Studies de Ginebra.

El experto en finanzas públicas y privadas del Brooking Institute de EE UU Douglas J. Elliott puntualiza que “en este país se duda en emplear la palabra nacionalización porque implica una fe en el Gobierno sobre los mercados que aquí es francamente impopular“. Elliott acaba de publicar un estudio sobre pros y contras de nacionalizar bancos en el que concluye que la “plena nacionalización” puede revelarse necesaria sólo como último recurso para un par de gigantes bancarios. Ve, sin embargo, improbable una toma de control generalizada de bancos a menos que la economía empeore mucho más. Y sí ve venir más tomas de participaciones parciales de acciones. Ya se constata en Citigroup y Bank of America.

Elliot es una de tantas voces que intenta vaciar el debate al máximo (o en lo posible) de ideología. “Los americanos sospechamos de cualquier implicación del Gobierno en los negocios, sobre todo porque no creemos que negocios y política se mezclen bien. Es una cuestión de ser competente o no, no de comunismo”.

Pero la incomodidad demócrata al hablar de nacionalizaciones es evidente. “Bueno, pueden llamarlo como quieran”, espetó hace unos días Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, cuando en una entrevista se le preguntó si era favorable a intervenir los mayores bancos estadounidenses.

Y la incomodidad viene de la intencionalidad en el uso del término. Desde la Universidad de Tejas, el economista James Galbraith, experto en relaciones entre Gobierno y empresa, corrobora que el empeño del uso frecuente del vocablo maldito proviene “mayoritariamente de sectores muy a la derecha, que intentan sacar ventaja del hecho de que el término tiene sus connotaciones de decisiones políticas de naturaleza anticapitalista, de decisiones tomadas como un castigo”.

Galbraith niega que el Gobierno de EE UU esté ante una decisión política o ideológica, sino técnica: hay que evitar como sea poner en peligro el sistema financiero mundial. “Precisamente por esta razón no creo que emplear la palabra nacionalización ayude”, dice, para añadir que “aquí solemos hablar de ‘puesta bajo tutela” de la Administración. Eso se dijo en el caso de las hipotecarias Fanny Mae y Freddie Mac.

Hay que actuar y punto, viene a decir, para evitar que todo el sistema enferme entre bancos zombi que ni se dejan caer, luego no están muertos, ni prestan dinero porque no se sabe qué bomba de relojería llevan dentro y siguen sin prestarse dinero entre sí. Ya se actuó en tiempos de vientos liberales: el verano pasado, con George Bush hijo aún en la Casa Blanca, fue nacionalizado el banco hipotecario californiano IndyMac. Una vez saneado, volvió a manos privadas a los pocos meses. También bajo el imperio de alguien poco sospechoso de antiliberalismo como Ronald Reagan, en 1984, se nacionalizó el Continental Illinois. Pero, atención: llevó siete años encontrar un nuevo novio privado para esta entidad, pese a la bonanza económica. Y eso que, siendo el séptimo banco del país entonces, era 50 veces más pequeño (por activos) que Citigroup, recuerda Elliott.

Cuando se sugieren las nacionalizaciones, se etiquetan ipso facto como “temporales”, como si el Tesoro y la Fed fueran una especie de administradores fiduciarios que ponen la casa en orden unos meses desbrozando activos y bancos aprovechables e inservibles: ¿Será posible para el Estado acometer nacionalizaciones acotadas por poco tiempo de gigantes financieros complejísimos? En el reto han fracasado las figuras de Wall Street. ¿Es demasiado riesgo para el contribuyente?

El debate asusta en EE UU porque en la cultura americana la nacionalización remite a fantasmas, a guerra fría, a comunismo“, corrobora el catedrático en Ciencias Políticas Gabriel Colomer, porque “todos los partidos comunistas llevaban en su programa la toma de control de los bancos”. Colomer ve “lógico, en tanto que herederos del New Deal, que los demócratas hablen aún menos del tema”. The Financial Times atribuía esta semana la elipsis de la palabra nacionalización al “principio Richard Nixon en China”. Éste consiste en que el ex presidente republicano, en pura Guerra Fría, podía visitar China y aproximarse al gigante comunista. Eso no se le hubiera tolerado a un demócrata.

Lo sabe ya el senador demócrata Christopher Dodd, quien, pese a enfatizar que el presidente Obama intentará evitar la estatalización de bancos, es posible “una toma de capital momentánea”. Las Bolsas enloquecieron a la baja. A Barak Obama ya le llaman socialista. “Lo mismo ocurrió en su día con Franklin D. Roosevelt, que tuvo a toda la derecha empresarial preparada para atacar las políticas del New Deal. Si encima Obama hablara de nacionalización, se le echarían encima”, opina el historiador Josep Fontana.

Convencido de que las dimensiones y profundidad de esta crisis global obligará a revisar algunos tabúes, Fontana advierte de que, “aunque nos gusta decir que en EE UU se excitan los ánimos, si en Europa se plantearan nacionalizaciones permanentes se oiría bramar a empresarios, banqueros y hasta obispos”. Basta recordar la experiencia de François Mitterrand en su primer año en el Elíseo, cuando en 1981 nacionalizó la banca. La experiencia duró un año. El dinero huyó a Suiza.

La hemeroteca cuenta que, en 2007, Felipe González evocó una anécdota en la 70ª Convención Bancaria de México, a la que había sido invitado. En 1982, González había mantenido un encuentro en Madrid con el ex secretario de Estado Henry Kissinger. En él, Kissinger le había preguntado si González era socialista y cómo era que, siéndolo, no estaba por nacionalizar la banca. González le replicó: “Usted cree que ser socialista y ser tonto es la misma cosa. Y no es la misma cosa”.

Hoy, de nacionalizaciones hablan casi todos en Occidente. La canciller alemana, Angela Merkel, ha impulsado una ley -pensada para el Hypo Real Estate- que permite expropiar bancos como “último recurso”. Dexia y Fortis le deben la vida a los gobiernos del Benelux y a Francia, que acaba de bendecir la creación del segundo banco del país (Caisse d’Épargne más Banque Populaire) con más de 2.500 millones. O un 15% del capital.

Los partidarios de actuar -y no por motivos ideológicos, sino para que el contribuyente pueda ser compensado de algún modo con los beneficios futuros del banco- advierten de los riesgos de intervenir tarde. “Obama lo probará todo antes que nacionalizar. Pero cuidado con actuar tarde. Ocurrió en Japón, frente al modelo que suele ponerse como ejemplo de acción rápida y enérgica en los noventa, el de Suecia”, señala Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). “De alguna manera, estamos lanzando el mensaje de que el Estado da dinero pero no acaba de tomar las riendas, porque el debate está siendo mal recibido por los mercados, a pesar de que no estamos ante intervenciones ideológicas, sino ante la constatación de que dejar caer a Lehman Brothers fue un error”, sentencia Alberto Montero, miembro del Centro de Estudios Políticos y Sociales. De nacionalizaciones han hablado senadores republicanos (Lindsey Graham) y ex secretarios republicanos (James Baker), como algo feo pero irremediable. Y temporal.

“Muchos no se oponen a que el Estado intervenga, no por ideología, sino por pragmatismo. Pero sí rechazan que mande. Asociamos nacionalizar a que, además de poner dinero, el Estado mande y la retórica, el eufemismo, tiene su papel en las políticas públicas”, considera el catedrático Antón Costas. Y de nacionalizaciones ha hablado una (ex) vaca sagrada como el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan: “Podría ser necesario nacionalizar temporalmente algunos bancos para facilitar una rápida y ordenada reestructuración. Una vez cada cien años, es algo que hay que hacer”.

El nerviosismo de los inversores ha provocado mensajes contundentes. El ministro de Economía británico, Alistair Darling, ha subrayado que “los bancos se gestionan mejor en manos privadas” Pero hasta un 95% del capital del Royal Bank of Scotland está a punto de ser público. Por no hablar del caso Northern Rock.

También el secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, ha expresado la “firme presunción de que los bancos deben permanecer en manos privadas”. Mientras, reforzaba el control sobre la aseguradora AIG, de facto nacionalizada en septiembre, y el Estado tomaba un 36% del Citigroup. Esta semana, además, ha entrado en vigor un nuevo programa para inyectar capital en las entidades no capaces de asegurarse el dinero privado. Como paso previo, la Administración somete estos días a los primeros 19 bancos del país a un examen para ver hasta qué punto podrían aguantar un deterioro de la economía aún peor. Según Bloomberg, 335.000 millones de dólares se han destinado en EE UU a reforzar el capital de bancos. Pero no se habla de nacionalizar.