EL COSTE ECONOMICO Y SOCIAL DE CONTAMINAR

¿Ser más sostenibles es una oportunidad o una obligación para las empresas? Esta es la pregunta que lanzaba ayer el moderador, Antoni Bassas, los participantes en el debate Sostenibilidad y Empresa, organizado por el ARA y Acciona, y en el que participaron el geógrafo, doctor en ciencias ambientales y premio mundial del medio ambiente de la Unesco, Martí Boada, y el doctor en economía y profesor asociado de mercado de infraestructuras y cooperación público-privado en la Universidad Pompeu Fabra, Miquel Puig.

Dos puntos de vista sobre el papel que deben jugar las empresas en el marco de los objetivos de descarbonización de la economía para evitar el calentamiento global. Y dos conclusiones divergentes pero no excluyentes. Según Miquel Puig, un factor clave para que las empresas sean cada vez más sostenibles son los precios, que deban hacerse cargo del coste que conlleva cuidar el planeta. Para Boada, lo primero que hay que entender es que el problema no es el modelo, sino que es transversal, lo más importante que ha habido en la historia, que “afecta igual un broker de Estados Unidos que un individuo del Amazonas “.

Martí Boada asegura que el cambio climático “es sin duda el problema más grande de la historia de la civilización”. Pero la amenaza no es como la que habían vivido anteriores civilizaciones, que desaparecían y dejaban su huella, como las pirámides, mientras surgía otra. Ahora no hay una crisis de modelo, sino un problema transversal, que afecta al mundo entero.

Boada también dar respuesta a los negacionistas del cambio climático: “Creer en el cambio climático no es una cuestión de fe, es una certeza absoluta”. El modelo de desarrollo ha consistido hasta ahora en sacar carbono que estaba cautivo en la tierra (carbón, petróleo y otros combustibles fósiles) y dejarlo libre en la atmósfera. Y no sólo en el transporte, también en procesos industriales, destacó Martí Boada. Para ejemplificar los excesos de los humanos, Martí Boada explicó el caso del petirrojo, un pájaro que se despierta por la mañana y necesita ingerir proteínas, probablemente comiéndose una oruga. “Nunca gastará más energía para ir a buscar la oruga que la que obtendrá comiéndose-la”, señaló, para contraponer al caso de los humanos, que en muchos casos gastamos más energía de la que obtenemos de retorno.

Las referencias al coste del transporte fueron recurrentes. Un coste no sólo medido en términos monetarios, sino de sostenibilidad. Boada lo explicó muy gráficamente: comer un kiwi de Nueva Zelanda en lugar de uno del Maresme tiene un coste que calificó de “anomalía”. “Si ingerimos el kiwi de Nueva Zelanda nos deja 100 kilocalorías al cuerpo, pero 300 kilocalorías quedan al aire” por culpa del transporte. Son emisiones de lo que definió como desplazamiento horizontal. Puig puso un ejemplo similar, haciendo referencia a la opción de comer espárragos de Perú, en lugar de los de Gavà, porque son más baratos, sin tener en cuenta el CO2 emitido en el transporte.

La automoción lidera el cambio

Puig destacó que el transporte de personas, en avión, y el de mercancías, en barco, son las fuentes principales de emisiones. Por lo tanto, indicó, los billetes para ir un fin de semana en Portugal en avión puede que no deberían ser tan baratos. “Estamos agotando la atmósfera”, avisó Juan Ramón Silva, director de sostenibilidad de Acciona, cuando introdujo el debate. Silva hizo dos lecturas. Una de más pesimista: los científicos hablan de dos grados de aumento de la temperatura como límite para frenar el calentamiento global, pero uno ya se ha consumido. Además, los estados que firman a favor de la reducción de emisiones después subvencionan los combustibles fósiles. Un dato: las subvenciones a las renovables llegaron a todo el mundo en 2015 a los 325.000 millones de dólares, pero las fósiles en obtuvieron el doble.

COMENTARIO: El cambio climatico, la contaminación y la pérdida de diversidad biológica son una realidad. Hay mucha gente involucrada en proyectos de búsqueda y de estilo de vida que consiguen reducir su impacto ambiental tanto a nivel personal como a nivel colectivo. Pero hasta que las iniciativas locales y personales no reciban el soporto del estado i del mundo empresarial no se podrá avanzar hacia una menor huella ecológica. Internalizar los costos medioambientales en el precio de los productos, puede ser un gran paso, pero si pensamos que es el único que perdemos la perspectiva de dimensión global de este problema.

FUENTE: ARA.CAT

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