Todas las crisis de España: desde la Edad Media al banco malo

De la crisis que propició la peste negra en el siglo XIV a los años del hambre del primer franquismo; de la depresión del XVII con los Austrias a las subprime, la prima de riesgo y los rescates… Un repaso histórico por los peores momentos de la economía de España.

Todas las crisis de España: desde la Edad Media al banco malo

Cuando el común de los ciudadanos descubrió en verano de 2007 lo que era una hipoteca subprime y un año después implosionaba Lehman Brothers, en España aún se presumía de tener una economía de Champions League. Un lustro después, el país va ya por su segunda recesión, la sociedad se ahoga con más de seis millones de parados, las empresas salvan sus resultados sólo en función del peso de su negocio internacional, la banca -antaño ‘la más sólida del mundo’ (Zapatero dixit)- ha tenido que ser rescatada por Europa… y la recuperación no está y no se la espera al menos hasta 2016. Esa España de Champions League se ha convertido en uno de los patitos feos de la Unión Europea.

Nadie duda de que la actual crisis es por su profundidad, su persistencia y sus múltiples implicaciones un fenómeno histórico. Otras la precedieron. Algunas más duras, y más duraderas. Ahora que tanto se habla aún de la herencia recibida, algunos historiadores siguen buceando en el pasado, al margen de luchas partidistas, para desgranar las herencias seculares que han llevado a nuestra economía a crecer o hundirse a lo largo de la historia. Dos libros publicados casi simultáneamente repasan de la Edad Media hasta (casi) anteayer los peores baches de la economía española: Crisis económicas en España. 1300-2012 (Alianza Editorial) y España en crisis. La grandes depresiones económicas, 1348-2012 (Pasado & Presente). Dos títulos que no son redundantes, sino complementarios, por sus diferentes enfoques: el primero analiza las crisis agrupándolas por sectores (demográficas, agrarias, comerciales, industriales, financieras…) y el segundo lo hace por fases cronológicas.

Cada tiempo tiene su crisis. Y conocerlas ayuda a comprender la naturaleza de nuestra economía y también los porqués de la crisis actual. De la depresión que propició la peste negra en la Edad Media a los años del hambre de la posguerra y el primer franquismo; de la quiebra del antiguo régimen en la primera mitad del XVIII a la crisis del petróleo y los problemas en la España de la transición a la democracia; de los efectos de la Gran Depresión del 29 en la Segunda República a la prima de riesgo, los rescates de la UE y el banco malo. De la mano de los dos títulos que coinciden hoy en las librerías, un repaso histórico por los peores momentos económicos de España.

LA PESTE NEGRA Y LA GRAN DEPRESIÓN MEDIEVAL.
La gran crisis bajomedieval es considerada un punto de inflexión a escala global (al menos lo que se consideraba global en la época). En Europa la peste negra supuso en el siglo XIV una debacle demográfica que se llevó por delante entre un tercio y la mitad de la población del continente, lo que provocó un auténtico colapso de la actividad económica, hundiendo la producción agraria y el consumo, así como la incipiente actividad industrial y también el comercio. A escala europea, además, la crisis supuso un debilitamiento de las estructuras feudales. En España las características de la crisis fueron particulares, y diferentes a las de los vecinos europeos.

Los efectos de la peste negra también se dejaron notar en la Península Ibérica a partir de 1348, pero con una incidencia muy desigual según las diferentes Españas, por lo que el impacto sobre la economía es también relativo (que no menor). No obstante, ya antes incluso de la llegada de la peste negra a mediados de la centuria, la Península había sufrido graves carestías y hambrunas por malas cosechas. Y, además, en el caso español tuvieron una mayor relevancia en la profundidad de la depresión bajomedieval las continuas guerras, que provocaron una elevada carga fiscal para financiarlas y posteriormente una imparable escalada de deuda. Las guerras no sólo impedían la normal actividad económica y comercial, asolaban cosechas y segaban vidas, sino que también había que pagarlas. El resultado fue una enorme crisis de deuda que acabó con varios entes de banca privada en diferentes reinos y que, por ejemplo, derivó en la quiebra del Reino de Mallorca en 1405.

EL DURO SIGLO XVII ESPAÑOL.
La Guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648, hizo tambalear la economía de toda Europa. Pero el caso español se agravó, además de por varias epidemias que socavaron las bases demográficas, por la insaciable política impositiva que los Austrias aplicaron para financiar su política imperial. “El formidable mecanismo de succión de recursos puesto a su servicio entre las décadas de 1570 y 1660 tuvo un papel estelar en el viraje hacia la crisis de la Corona de Castilla en el último cuarto del siglo XVI, en el deslizamiento hacia la depresión en el primer tercio del XVII y en la extrema lentitud de la recuperación posterior”, subraya José Antonio Sebastián, profesor de Historia Económica de la Universidad Complutense de Madrid. Algunas estimaciones apuntan a que durante el reinado de Felipe II se llegó a acumular deuda por valor del 60% del PIB español a finales del XVI, un porcentaje que seguiría creciendo durante décadas.

La escalada fiscal de los Austrias castigó a los productores agrícolas más productivos y los mercaderes más prósperos, en beneficio de la nobleza y las oligarquías locales que financiaron la aventura imperial y acabaron por tomar un progresivo y creciente control de las tierras. Los cargos y prebendas que obtuvieron derivaron en un predominio de actividades poco productivas, lo que acentuó los efectos de la crisis y alejó las posibilidades de recuperación. Y al tiempo, la monarquía realizaba cesiones de poder a cambio de deuda y la fragmentación de la soberanía impedía una mayor integración de los mercados. “Sólo cuando la monarquía de los Austrias renunció en el tratado de Westalia (1648) a sus aspiraciones terriotriales en Europa, pudo España iniciar el largo trayecto de la recuperación. Degradada, eso sí, del rango de potencia europea al de nación periférica”, sostienen los profesores Francisco Comín y Mauro Hernández, editores de Crisis económicas en España.

LA QUIEBRA DEL ANTIGUO RÉGIMEN.
El XIX español arrancó con dos crisis sucesivas de muy diferente carácter. La primera, de 1803 a 1805, fue una crisis aún de corte feudal, motivada por las malas cosechas y las epidemias. La segunda, de 1808 a 1814, fue consecuencia de la Guerra de la Independencia y se convirtió en la puntilla para las instituciones del Antiguo Régimen. La guerra provocó un grave problema para las haciendas públicas, que en muchos casos no pudieron afrontar los compromisos de deuda adquiridos para financiarla.

El resultado fue que muchos acreedores promovieron la privatización de bienes y tierras. Una suerte desamortización silenciosa e informal que, como contrapartida positiva, acabó por elevar la productividad una vez en otras manos y fomentaron el crecimiento económico entre 1815 y 1830. Un crecimiento más rápido, pero aún muy por detrás de los ritmos europeos; que aún estaba basado en un modelo muy tradicional en la mayoría de las regiones, que no implicó un cambio estructural por no apoyarse en un paralelo proceso de industrialización y urbanización, según recuerda Enrique Llopis, catedrático de la UCM, en España en crisis. No obstante, “todo ello sentó las bases para un periodo de cambios institucionales que, con números altibajos, culminaría en la instauración de un régimen liberal y un sistema capitalista en torno a la década de 1840, que permitieron el surgimiento de un nuevo modelo de crecimiento económico”, apuntan Comín y Hernández.

LA PRIMERA CRISIS CAPITALISTA DE ESPAÑA.
España tuvo que esperar hasta bien entrado el XIX para sufrir su primera crisis típicamente capitalista. La de 1864-1874 fue ‘por fin’ una crisis financiera equiparable a las que ya habían padecido los vecinos europeos. Coincidiendo con otra crisis agraria, se empezaron a producir las primeras quiebras de compañías ferroviarias en el país, lo que arrastró a muchos bancos que también quebraron y suspendieron pagos, ahogando el crédito tras años de especulación, burbujas y enorme captación de capital externo. La liberalización bancaria había hecho que entre 1856 y 1865 el número de entidades bancarias pasara en el país de 13 a 58. La crisis financiera hizo que se volviera a pasar a 14 bancos en 1874.

Unos años después la gran depresión de la primera globalización afectó de lleno a España entre 1882 y 1897. La fuerte caída de los precios agrarios internacionales provocó una importante crisis del sector en el país que también tuvo secuelas industriales y financieras. La situación vino agravada, además, por la deuda pública emitida para financiar las guerras coloniales, muy singularmente la de Cuba. De la crisis se salió con una fuerte depreciación de la peseta, con proteccionismo arancelario y la repatriación de capitales de las colonias perdidas, lo que sirvió de base para crear grandes bancos e impulsar las empresas que se embarcarían en la segunda industrialización.

LA GRAN DEPRESIÓN Y LA SEGUNDA REPÚBLICA.
La gran depresión internacional que siguió al crash del 29 afectó de una manera muy particular, al menos por su menor intensidad, a la economía de la naciente Segunda República. “La recesión económica coetánea de la Segunda República fue similar a la sufrida por las democracias europeas, aunque menos profunda y más corta, pues en 1935 ya se había acabado. No puede hablarse de gran depresión en la España de los treinta”, sostiene Francisco Comín, catedrático de la Universidad de Alcalá y que participa como autor en ambos libros. Paradójicamente, el atraso de una economía española aún basada en la agricultura tradicional, el subdesarrollo de su sector bancario y su poca apertura sirvieron de escudo para paliar el contagio de la crisis internacional.

Los gobiernos republicanos se valieron de instrumentos convencionales para combatir la depresión coyuntural (medidas proteccionistas) pero lo hicieron tarde y con poca convicción, por lo que el contagio, aunque menor, no se evitó. “Aunque los factores políticos no crearon la depresión de la economía, contribuyeron a agravarla. Aunque el estallido de la crisis económica fue previo a la proclamación de la Segunda República, las reformas republicanas contribuyeron a la inestabilidad política, pero también lo hicieron la beligerancia de las derechas, las patronales y los sindicatos”, apunta Comín.

LA POSGUERRA, LA AUTARQUÍA Y LOS AÑOS DEL HAMBRE.
La mayor catástrofe económica de la historia de España arrancó con la guerra civil y pervivió hasta casi 1960 por las equivocadas políticas que la dictadura franquista aplicó hasta entonces. El nuevo régimen salido de la guerra trató de erigirse en único actor de la economía, de sustituir toda la acción del mercado por una intervención total del Estado. El Estado lo ocupaba todo, y esta política castiza sólo provocó escasez y mercado negro por la caída de la producción. Y en paralelo, la apuesta por la autarquía prohibió importaciones de bienes y servicios, se restringieron las inversiones extranjeros y se nacionalizaron algunas multinacionales.

“La dictadura franquista siguió aplicando las políticas económicas de guerra que habían implementado las potencia fascistas durante la segunda guerra mundial. En aquella política autárquica y castiza está el origen de la profunda crisis económica de la posguerra. La de los cuarenta fue la auténtica gran depresión española del siglo XX. En la autarquía España sí que fue diferente”, sentencia el profesor Comín. El resultado de esa desastrosa política económica fue reducir el PIB per cápita por debajo del nivel de 1929 hasta finales de la década de los cincuenta, cuando se iniciaron los primeros pasos hacia la apertura que acabarían por provocar el famoso salto de la alpargata al 600.

LA CRISIS DEL PETRÓLEO, EL OCASO DE LA DICTADURA Y LA TRANSICIÓN.
Factores internacionales e internos volvieron a poner en un brete a la economía española entre 1975 y 1985. La crisis del petróleo en 1973 y el colapso del sistema monetario internacional de Bretton Woods en 1979 coincidieron con una etapa de profunda inestabilidad política en el ámbito nacional por los últimos años de la dictadura y los albores de la nueva democracia. “Fue la primera crisis realmente moderna de la economía española: básicamente industrial y de servicios, en un contexto de creciente libertad económica y en la que un problema monetario, la inflación adquirió un gran protagonismo”, explican Hernández y Comín.

Los últimos gobiernos de Franco tardaron en reaccionar ante la crisis del petróleo y los primeros de la democracia estaban más centrados en la transición política que en los vaivenes económicos. El resultado fue un freno del PIB per cápita, desequilibrios presupuestos, fuertes crisis industrial y energética, alta inflación, desempleo creciente… También hubo una importante crisis bancaria que llevó a las entidades a desprenderse de sus carteras industriales y empezar a centrarse en la banca minorista y los préstamos hipotecarios, abonando el terreno para la aparición de los problemas financieros actuales.

El intento de salida de la crisis se encarnó en los Pactos de la Moncloa, de 1977, que impusieron sacrificios a los ciudadanos a cambio del establecimiento del Estado del Bienestar y que apuntaban unas reformas estructurales que patronal y/o sindicatos, según el caso, se encargaron de descafeinar o frenar. Unas reformas (laboral, de la Administración, de la representación política…) que algunos expertos ven aún hoy pendientes. “Éste es quizás, visto en perspectiva, el legado más negativo de los años de la transición. La larga dictadura nos dejó en herencia una economía en muchos aspectos desequilibrada”, sentencia Carles Sudrià, profesor de la Universidad de Barcelona.

EL SIGLO XXI Y LA NUEVA GRAN DEPRESIÓN.
La entrada en la CEE abrió una etapa de crecimiento que duró dos décadas. De 1985 a 2007 España vivió una edad de oro de expansión casi ininterrumpida; con la única excepción de la crisis de 1992-1993, una crisis corta y que el Gobierno solventó con un plan de estabilización al uso y las tradicionales devaluaciones de la peseta. La que estalló en 2007 y se arrastra hasta hoy (sin pistas certeras de cuándo terminará) se trata de la primera crisis que enfrenta España como una economía realmente abierta al exterior y un sistema financiero liberalizado y homologable a los de otras naciones desarrolladas. Y el resultado está siendo una de las depresiones más profundas de nuestra historia.

Los años de crecimiento continuo engordaron el caldo en que fue cocinándose la gran crisis. La desregulación bancaria a uno y otro lado del Atlántico y la internacionalización de la operativa de los bancos españoles facilitaron una burbuja crediticia que derivó en muchos casos en una relajación de la ortodoxia en sus prácticas. Hubo en España una verdadera adicción al crédito, aprovechando que por primera vez en su historia el país se financiaba al mismo tipo de interés que Alemania y por la necesidad de cubrir con capital exterior los enormes déficits de la balanza de pagos. Y de la mano de la burbuja financiera vino la burbuja de la construcción, respaldada por la enorme oferta de suelo que propició la desregulación y la deficiente financiación local (amén de la corrupción); por la demanda de vivienda (principal activo en cartera de los españoles y asequible gracias al crédito); y por la insaciable inversión en infraestructuras públicas no siempre necesarias e impulsadas principalmente por la financiación de las cajas de ahorros.

Los bancos españoles en un principio parecieron soportar bien la crisis que ya sufrían sus hermanos norteamericanos y europeos, fruto de la regulación que el Banco de España había impulsado para alejarlos de las hipotecas basura de EEUU y para que contaran con reservas genéricas (unas reservas que fueron insuficientes y que, además, empezaron a relajarse en 2005 con permiso del Gobierno). No obstante, los balances de los bancos contaban con grandes cantidades de pasivos que eran préstamos a corto plazo y que tras el colapso del mercado interbancario les obligaron a reducir el crédito. Con el grifo del crédito cerrado, la burbuja de la construcción empezó a explotar y, con ello, a desatarse un imparable incremento del paro (que aún perdura: vamos ya por los 6,2 millones de parados). La crisis bancaria finalmente derivó, pese a los parches y paños calientes que los gobiernos pusieron para aplazarlo, en un rescate del sistema financiero español por parte de la UE el pasado año. Y tras los intentos por evitarlo, al final el Gobierno ha acabado por crear un ‘banco malo’ para acoger los activos tóxicos inmobiliarios que acumulaban las entidades en sus balances.

Entretanto, la recesión ha estrujado al máximo las cuentas públicas, que han pasado del superávit precrisis a un déficit histórico que aún no se ha conseguido embridar. Y España ha pasado por una auténtica travesía del desierto en forma de crisis de deuda (veremos si ya solventada), con primas de riesgo absolutamente desatadas y que hoy parecen templarse. “Aunque el Gobierno intentaba mantener la ficción, las condiciones impuestas por la UE para el mero anuncio del rescate bancario y la compra de deuda pública implicaban una intervención en toda regla de la política económica española”, sostienen los editores de Crisis económicas en España. “España no sólo había cedido la soberanía monetaria, al entrar en el euro, sino también la soberanía de la política económica”, apuntan los expertos, que vinculan esta circunstancia con la actual política de recortes del gasto para contener el déficit y con las reformas estructurales que estarían por llegar.

EPÍLOGO: Las crisis y los cambios.
Las grandes crisis suelen ser causa, o al menos acicate, de cambios sustanciales de los sistemas económicos y también políticos. Pura catarsis, destrucción creativa o un mero ejercicio de hacer de la necesidad virtud, tanto da; crisis y cambios siempre vienen de la mano. La gran depresión bajomedieval contribuyó al nacimiento del estado moderno en Europa, no tanto en España; las crisis de la primera mitad del XIX sirvieron para asentar el modelo capitalista en España; la crisis de los treinta y siguientes convulsionó el sistema político con la caída de la monarquía, la llegada de la república y el establecimiento de una dictadura; la liberalización de la economía posterior propició el Estado del Bienestar… Está por ver cuáles son los cambios de calado que propiciará la gran depresión de este convulso inicio del siglo XXI. Para algunos, una oportunidad. Para otros, una temida amenaza. ¿Cara o cruz?

 

Fuente: EXPANSIÓN

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